“Comamos, bebamos y gocemos,
tras la muerte no habrá ningún placer.”
Marco Tulio Cicerón
Afuera hacía un tiempo esplendoroso y, a pesar que llevaba las manos atadas por la espalda, el olor a hierba alpina me penetraba en los pulmones como pequeños fogonazos de luz. Delante de mí iba un joven imberbe que traía cruzada una metralleta de asalto y unas botas todas manchadas de barro mientras se calaba a cada rato una visera. Atrás caminaba marcialmente el paramilitar que me había obligado a levantarme de mi camastro a punta de quitarme la cobija. El sol penetraba por entre los árboles como pequeñas enredaderas de ambrosía y se esfumaba al llegar al follaje verde. Caminamos por las dos cabañas que daban al poniente y subimos una pequeña cuesta hasta que atravesamos el alambre de púas por una pequeña empalizada. Unos treinta pasos más adelante había unos troncos clavados como estacas en medio de un terreno aplanado y ahí, como un calvario, estaban atados a los troncos el Perlotas y el Barcelona. Los miré al mismo tiempo y pude constatar lo de siempre: El Perlotas iba sin mordaza mientras que el Barcelona iba con un trapo anudado sobre la boca. Debí inferir que el Barcelona se había puesto parlanchín broncudo y lo habían callado de esa manera mientras que al Perlotas nadie le entendía nada. El paramilitar que iba detrás me empujó por el hombro y me llevó hacia el tercer tronco que quedaba libre. ¿Con venda o sin venda?, me preguntó mientras su acompañante imberbe me cosía al tronco por la espalda. ¿En la boca o en los ojos? ¿Para antes o después?, fue lo único que se me ocurrió contestar. El paramilitar entrecerró los párpados al no captar mi pregunta: ¡Cómo usted quiera!, replicó para después irse hacia donde estaba un grupo de paramilitares que nos observaban de vez en cuando. En ese momento llegó el Sangrías caminando por uno de los costados y se acercó al grupo, habló algo con sus subalternos y luego nos señaló alternativamente como en el juego infantil del tin marín de do pingüé cúcara mácara títere fue. Cuando terminó dio unas instrucciones más y en ese instante el grupito de soldaditos gritó al unísono: ¡Haz patria y mata un culero!, luego el grupo se alineó frente a nosotros con sus rifles de asalto a unos quince pasos. ¡Pelotón!, gritó el Sangrías. ¡Sí, señor!, contestó al unísono el grupo de contrainsurgentes. ¡Preparen!, los jóvenes cortaron cartucho. No parecían muy entrenados para hacerlo simétricamente. ¡Apunten!, ordenó el Sangrías como si de disparar una cámara fotográfica se tratara. En ese momento el Perlotas gritó a todo pulmón para que todos lo oyéramos: ¡Útima voduntad, podfa! Pero el Sangrías no escuchó el pedido de clemencia del condenado y sólo gritó: ¡FUEGOOOO!
Cuando mi hermana mayor Clara desapareció de casa, comenzamos a verla sólo en televisión al lado de su esposo Filadelfo Ramírez, quien ya andaba en campaña política para la senaduría de la república. Mi madre guardaba un silencio sepulcral cada vez que pasaban algún anuncio de ellos dos tomados de la mano y, con voz engolada y grandilocuente, deseando feliz navidad a todo el mundo al lado de un arbolito lleno de luces y esferas, y, además, como premio, se comprometían a velar como nunca por los intereses de sus futuros electores. Ya había pasado el tiempo de las entrevistas incómodas de Filadelfo explicando su paso por el club de industriales y el desfalco de varios millones a sus arcas, aduciendo que era una campaña mediática para manchar su imagen e impedirle llegar al congreso para defender al pueblo, e incluso, en un ardid de autosuficiencia discursiva logró explicar con pelos y señas el perfil del político perfecto: “Es aquel, dijo al entrevistador, quien promete muchas cosas para el futuro y la gente le cree, y, cuando no cumple lo que prometió, explica el por qué no sucedió todo lo que había dicho y la gente le vuelve a creer, ¡eso si es un político de a de veras!” Mi madre lo miraba con los ojos enrojecidos, mohínos y a veces suspiraba mientras musitaba desde el fondo de su alma: “Muy bien, mijito. Muy bien.” Yo por supuesto no sentía celos ni tampoco podía echarle la culpa a mi madre de su espejismo, al fin, en aquel tiempo también le había comprado la idea que ese sujeto nos iba a llevar al primer mundo de nuestro vecindario. Incluso en varias ocasiones mi madre los acompañó para recibir una despensa de sus manos y salir en primera plana de sociales bajo el título a ocho columnas: “Todavía no empieza y ya comparte con la gente”. Mi madre tenía expresamente no dirigirle la palabra a su yerno en la calle por mandato divino de mi hermana Clara, decía que en el exterior se comportara como si fuera una extraña, para que no sospechara la gente que había algo turbio, como eran los negocios de familia. Mi madre era tan obediente que las últimas veces que lo acompañó incluso salió sin maquillaje, toda despeinada y con una falda vieja de Anaís que estaba luida a la altura de las posaderas, porque mi hermana mayor Clara había dicho que Filadelfo iba a regalar ropa a los más pobres de los pobres. Por esas mismas fechas mi hermana Anaís ya había regresado de Estados Unidos donde había ido a presentar su libro “Toda la prafsa del mundo” y, según había vuelto a escribir tiempo después en un correo, le había ido de maravilla en el aspecto literario, pero fatal en el aspecto humano: “Yo pensaba que todos los gringos eran estúpidos, pero ya me di cuenta que hay algunos que son peores. En especial uno de nombre Peter K. Wilkox, un crítico envaselinado que discutió conmigo durante una charla después de la presentación de mi poemario acerca de la muerte del lenguaje figurado dentro del pragmatismo neoliberal. Me dijo que mi poética era extremadamente rara y, cosa aún más rara en poetas jóvenes, tenía sustancia y que era muy bella, cosa que a ninguna poeta le había dicho jamás en su vida, y, además, continuaba el crítico, con una mezcla de sabiduría espontánea y con una fuerza arrolladora de mis metáforas. Pero a final de cuentas, lo único que quería era acostarse conmigo. Y cuando lo rechacé, me amenazó diciendo que yo estaba acabada como poeta y que él se iba a encargar de que jamás se volviera a mencionar mi nombre en los círculos literarios de Nueva York, pero después que el guardia de seguridad lo echó del restaurante por exceso de alcohol en su sangre, mi editora y publicista me llevó de regreso al hotel para que se me quitara el trago amargo que había sufrido cuando el fulano me quiso tocar los pechos y yo le di un rodillazo, sin sentido figurado, en su centro pragmático del placer que lo dobló por mitad y lo dejó aullando, en sentido menos figurado, de dolor testicular. Por lo demás, la ciudad es muy brillante y huele a pescado. Aquí, en Nueva York, las estrellas han sido anuladas para siempre por las farolas de Times Square. Supongo que por eso todas las miradas se dirigen solamente a wall street y a sus rascacielos kilométricos. Besos, hermanito. Abrazos a mamá y a Clara. Diles que las quiero mucho. Tu hermanita Anaís.”


