El acto inoportuno de hablar desde el vacío
(o el tedio puesto en acción)
¿De qué se cansa un vagabundo? ¿De suponer que la existencia es una lata de sopa instantánea o de la manifestación de la conciencia en los actos de apariencia vacua? El vagabundo se conecta con la transitoriedad del recuerdo y el olvido como fuente de conocimiento. Su lejanía con lo real le permite observar, de manera más próxima al cosmos y las relaciones entre los componentes de la reflexión.
Si una idea suspende el tiempo, la reflexión lo vivifica. Sólo en la apuesta por la experiencia y la manifestación de un actuar reflexivo, se engranan un sinfín de posibilidades en la conciencia.
El vagabundo se quema las pestañas observando la luna, no porque le atrape sino porque intenta saber qué hay detrás de ella. Aunque lo presiente, su conciencia refleja la idea de la luna y así es como la reconoce en la palma de su mano o en una cuchara rebosante de jarabe. La conciencia es un sorbo amargo que indigesta, por eso las ideas se suceden como pequeñas molestias en la frente.
Un vagabundo se cansa del habla pero no de actuar en su mundo de representatividad inconsciente. Una muestra de la corteza ideática del vagabundo, mostraría un amplio bagaje de galaxias que se ponen en función y que se iluminan cuando se sabe perteneciente al universo. Si el hombre contemporáneo atendiera a su pertenencia universal podría, quizá, salvaguardar la partitura reflexiva a la que pertenece. Somos la idea puesta en acción de nuestra mente.
¿De qué se cansa un vagabundo? ¿De la idea, del mundo, de la experiencia o de la reflexión? Un vagabundo es el ánimo de la conciencia.


