Los timbrazos del teléfono a las cuatro de la mañana de un domingo no pueden significar otra cosa que malos presagios, más si Anton, mi austríaco progenitor, no ha llegado a casa.


A esa hora mis hermanas y mi madre no se despertarían ni con el grito de guerra de un gorila, así que a mis 17 años y todavía con las telarañas del sueño reciente voy al pasillo y levanto el auricular. Enseguida reconozco los ladridos de tío Gottfried: mi padre, su querido hermano, está afuera de su departamento pateando la puerta alcoholizado y maldiciendo en dialecto austríaco. Tiene la cara cubierta de sangre.

“¡Y quiere seguir tomando! ¡Y aunque tire la puerta no le pienso abrir!”

“Bueno, es que si tira la puerta ya para qué le tienes que abrir.”

“No estoy de humor para bromas, escuincle malcriado, si no vienes por tu padre le hablo a la patrulla.”


Sin despertar a las durmientes, tomo el auto que afortunadamente el austríaco no se ha llevado y me dirijo a por él.


Los juerguistas de la noche o conducen a paso de bicicleta en zigzag o me rebasan como obuses pasando a milímetros de mi coche. Calles y avenidas domingueras del DF con sus exhibiciones de circo y zoológico humano y cantinas y puteros y discoteques a las cuatro de la mañana hasta la Zona Rosa.


Toco la puerta esperando lo peor. Me abre un tío Gottfried de cara abotagada en su bata de seda roja con estampado de dragón chino, enseñando el costal con pelos que tiene como estómago. Fumando un delicado. Calzoncillos y chanclas con calceta. Sentado frente a la mesa del comedor acariciándose la piocha y con una botella de vodka y una taza enfrente, está el austríaco de perfil, la mirada fija sobre las piernas de la foto de Marilyn Monroe que tiene tío Gottfried clavada a la pared, repitiendo como en trance que en Noruega había conocido a su clon. La luz blanca del comedor dándole a la botella de vodka  una apariencia de cuerno de unicornio.


Me acerco al austríaco buscando algunos rastros de sangre. El austríaco voltea a verme, sonríe con los ojos vidriosos y me dice que me eche un trago. Es cuando me doy cuenta que el otro lado de la cara que mantenía oculto está cubierto de sangre. De sangre seca. A pesar de sus reclamos, le reviso la cara. Una herida del tamaño de un cerillo a escasos milímetros del ojo derecho atraviesa su ceja diagonalmente. Le pregunto qué le pasó. No se acuerda de nada. Sólo que se despertó frente a la puerta de tío Gottfried.


En ese momento el peso de la desvelada se desploma sobre mí y apartándole la botella le ordeno cual esposa regañona que nos vamos. Arrastrando las palabras me responde que se acaba de acordar de algo, un pequeño accidente. Oh Thor te imploro que el austríaco no se haya obrado encima.


No, sucede que ha perdido su portafolio. Y sucede que en ese portafolio  trae las memorias de sus viajes, más de quinientas páginas escritas a mano. Tres años de escritura. Sus aventuras de más de veinte años y en más de cincuenta países. Ya encabronado le pregunto porqué llevó sus memorias a una borrachera. Pues porque había ido con su amigo Efraín para leerle algunos capítulos y le diera su opinión.


Cabe mencionar que Efraín tiene un puesto de chicharrones afuera del metro Escuadrón 201.


El austríaco trata de recordar, recorrer en reversa nebulosa los bares que visitó. Un trago, otro trago hasta que le llega un flashazo de lucidez, sí, ya recuerdo, fue en el último bar en el que estuve. Me acuerdo que todavía le leí uno de los capítulos a un taxista al que le invité trrrago.


Ahí voy con el austríaco por las calles de la Zona Rosa esquivando la gran variedad de guiñapos alcohólicos que vomitan los antros en busca del bar en donde el austríaco ha dejado las memorias de sus viajes.


Finalmente lo encontramos. El típico bar ochentero de la Zona Rosa. Cerrado. Frente a la puerta solo quedan charcos, y vasos de plástico y un perro lamiéndose los testículos. Extrañado, le pregunto al austríaco porque acabó en este antro, sabiendo su rechazo por ese tipo de lugares y su debilidad por los piano bares.


Ya lampareado por las botellas de vino que se tomó con Efrén, se dirigía al departamento de tío Gottfried para tomarse una última pero que no pudo desaprovechar el dos por uno que ofrecía el lugar. 


De un pasillo lateral sale una señora con cara de manopla, trapeador y cubeta en las manos. Le pregunto si todavía queda alguien en el bar. Sí, el gerente y los meseros están haciendo corte de caja. El austríaco todavía sale con un mal chiste de juego de palabras relacionado con el corte y la caja. La señora con cara de manopla no entiende el chiste y le dice al austríaco que se atienda esa herida en cuanto antes o se le va a infectar. El austríaco le responde que no es una herida sino un estigma y que muy pronto sabrá de él, y ya los dos están a punto de enfrascarse en una discusión teológica cuando de un jalón de brazo me llevo al austríaco hasta el fondo del pasillo. 


Estamos a punto de entrar por una puerta lateral cuando nos bloquea el paso un hombre con cara de muñeco de ventrílocuo y vestido con una camiseta sin mangas y pantalones negros con tirantes. El cabello largo de Buki. Al ver al austríaco, su cara de ventrílocuo se distorsiona en una de chacal con rabia y comienza a insultarlo. El austríaco sólo se ríe. Trato de calmar al iracundo hombre y le extiendo la mano para presentarme y exponerle la situación. El hombre me la aparta de un manotazo. Con la quijada salida y los dientes apretados me informa con gruñidos que estaban pasando un partido del tricolor cuando el austríaco al final del juego le gritó a todo el bar que eran una bola de pendejos por estar pegados a la pantalla viendo a once más pendejos haciendo puras pendejadas. Y que el fútbol mexicano era el fútbol más aburrido que ha visto. Bueno, y el de Austria. Entonces una mano anónima hizo volar por los aires un cenicero, que aterrizó en la cara del osado extranjero.


Si no hubiera sido por el taxista que bebía con él y que lo defendió, entre los del bar incluyéndolo a él, el gerente, lo hubieran linchado.

“¡Así que o le llegan a la verga rapidito o a ti y a tu pinche papá extranjero les ponemos en la madre!”

“Ja, irrisorrio enano. Tú y tus meserros me la pelan”, le grita el austríaco al hombre con cara de muñeco de ventrílocuo.


Ya ni cómo reclamar el portafolio.


Ni tardo sí perezoso el gerente suelta un grito de guerra llamándole a sus meseros. Y sólo para ganar tiempo, le suelto al gerente una patada en los huevos con todas mis fuerzas. Con mi bota de minero con casquillo de metal.


El hombre queda doblado y jalo al austríaco y los dos corremos por el pasillo rumbo a la calle y en la calle nuevas zancadas sin ni siquiera voltear a ver si nos persiguen hasta doblar por varias esquinas y llegar al departamento de tío Gottfried. No sanos pero sí salvos.


Quiero más vodka, le dice el austríaco a tío Gottfried cuando entramos resoplando.


Nos sentamos a la mesa. Tío Gottfried sirve las copas maldiciendo por la pérdida del manuscrito, pues ya había conseguido gente interesada en publicarlo.


El austríaco levanta su vaso y dice que no importa. Él tiene una excelente memoria. ¡Prost!

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por Harald Rumpler

Ciudad Cultura, México, 2008

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