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LA CUCARACHA MANCA
2009-03-05 Miguel Samsa
De la narración como forma originaria de la literatura
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Hace un par de días, charlando con Pascasio Duarte sobre los hipotéticos orígenes de la literatura —todo origen es, a final de cuentas, una hipótesis y un ejercicio de literatura fantástica—, casi logré convencerlo de que la narración es la forma básica de esta actividad. Y digo casi porque volvió a su casa rumiando una serie de dudas sobre mis argumentos que, imagino, me planteará dentro de algunos días, cuando las haya formulado a su entera satisfacción.
Pascasio es buen discutidor: agudo y veloz, con una habilidad sorprendente para encontrar las partes débiles de cualquier argumento, así que cualquier victoria en este terreno, así sea pírrica, se vuelve motivo de algarabía para mí.
El asunto es que Pascasio insistía en que la forma literaria más antigua es la poesía y desgranó en su favor la consabida lista de poemas cosmogónicos y épicos de todas las culturas antiguas conocidas y por conocer.
Yo, por supuesto, no le negué verdad en cuanto a la antigüedad de las composiciones versificadas. Por supuesto que, en cuanto a estructura, ésta parecer ser la forma literaria más antigua conocida por el hombre. Quizá porque ayuda a la memorización y porque, dados los juegos rítmicos, resultaba mucho más atractiva en los lejanos (e hipotéticos también) tiempos de la tradición oral.
Sin embargo, insistí, todos esos poemas, bien vistos, son estructuras narrativas construidas sobre la base de la versificación para facilitar su aprehensión por la memoria de los hombres.
Contar cuentos fue la primera estructura literaria inventada por los hombres, porque permite recordar el origen de la tribu, así como el linaje que le ha dado nombre y estructura.
Tanto con los antiguos poemas cosmogónicos y épicos, como a través de las leyendas populares, cada pueblo antiguo pretende conservar la memoria sobre sus padres (reales o míticos), así como de aquellas hazañas que le permitieron adquirir sus habilidades y desarrollarse.
La tarde se extendió en una larga citación de obras, mitos, fuentes cada vez más raras y eruditas. Al final, parece que vencí a Pascasio más por agotamiento que por lo irrefutable de mis argumentos.
Sin embargo, por muy dudosa o frágil que haya sido mi victoria argumental, sirvió para reavivar el recuerdo de aquellos grupos reunidos alrededor del fuego que, tras una abundante cena, se dedican a recitar los cuentos de los dioses, animales y héroes que les dieron origen.
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