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LO MEJOR DE
2008-11-29 CRÍTICA
Herta Müller (II/II)
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Herta Müller:
"El faisán rumano ha estado siempre más cerca de mí que el faisán alemán"
Carlos A. Aguilera
Traducción: Jorge A. Pomar
Crítica N° 127
En La bestia del corazón usted traza una diferencia muy clara entre "lengua materna", "lengua estatal" y "lengua infantil"... Pudiera abundar más sobre esto? Cómo entender la primera y la última en un mundo dominado por la "lengua estado"? Más allá de lo que representa la "lengua materna" y la "lengua infantil" en sus textos, considera usted que se puede construir una diferencia compleja entre estos espacios y el nacionalismo?
Mi lengua materna es el alemán, porque provengo de la minoría alemana en Rumania. Así que el alemán es mi primer idioma. Luego está la lengua de la infancia. Pero, a decir verdad, con ella afronto el mayor problema: ignoro por completo si realmente es la lengua de mi infancia. Y es que durante mi niñez se conversaba demasiado poco para que existiese una lengua de la infancia. Hay una lengua nacional y una lengua estatal. Lo que habla el Estado es esa jerga ideológica, distorsionada, rota, que se escucha por doquier en la opinión pública bajo la dictadura. En contraste, la lengua nacional es la personal, uno la usa para hablar con alguien, o sea, el idioma de los rumanos que se sentaban a comer conmigo al mediodía. Ése es, claro, un idioma distinto del lenguaje estatal. Si bien, en el curso de las décadas el lenguaje estatal ha ido infiltrándose en el idioma nacional al extremo de que muchas personas ya no meditan cuándo usan la lengua estatal y cuándo la nacional. Con el paso del tiempo se va produciendo esa confusión. Sabemos que es así en todas las dictaduras, que las dictaduras también monopolizan el idioma. Pero no se puede matar del todo una lengua nacional; eso también lo sabemos. Yo pude mantener con el idioma rumano una distancia bastante clara, en parte porque el rumano no es mi lengua materna, en parte, porque lo aprendí con quince años y fue entonces que vine a escuchar lo hermoso que sonaba, lo sensual que era, con todas sus metáforas y figuras del lenguaje, muchas de ellas mezcladas a la superstición. El idioma rumano posee muchos niveles inexistentes en las lenguas germánicas. No todo en él se vuelve enseguida vulgar. Puede ser frívolo pero no vulgar, lo cual es absolutamente imposible en mi lengua materna. Cuando traduzco algo del rumano al alemán todo se vuelve ordinario, obsceno. No se corresponde en absoluto con lo traducido, simplemente porque ese plano lingüístico no existe en alemán. Y eso es lo que me fascina del idioma rumano. Igual que sus contradicciones. He escrito un libro titulado El hombre es un gran faisán en el mundo. Ése es un giro rumano. En rumano es muy frecuente decir "He vuelto a ser un faisán", que significa: "He vuelto a fracasar", "No lo he logrado". O sea, en rumano el faisán es un perdedor, mientras en alemán es un arrogante fanfarrón. Como se sabe, el faisán es un ave incapaz de volar, vive en el suelo. Cuando empiezas a cazar y todavía no sabes hacerlo bien, cazas faisanes. La presa más fácil, puesto que el faisán no puede escapar. Los rumanos han incorporado ese rasgo a su metáfora. ¿Y cuál han tomado los alemanes para la suya? Las plumas, el plumaje, lo cual es muy superficial. La vida del animal no interesa a la metáfora alemana; a los rumanos les interesa la existencia del ave, y eso me fascina. El faisán rumano ha estado siempre más cerca de mí que el faisán alemán. Lo mismo me pasa con otras cosas. A menudo me da la sensación de ser, atendiendo a mi estructura, realmente una rumana. Hablo muy mal el rumano pero, estructuralmente, por mi tesitura interna y por lo que realmente me convence, también en poesía y sensualidad, soy rumana. Por ejemplo, en cuanto a los nombres de plantas, en cuanto a muchas cosas que me hacían pensar: "Mira lo que ven ahí ellos y lo que ven los alemanes". De ahí deriva también la convicción de que en mí caso el rumano siempre coparticipe en la escritura. No es que tenga que escribir ninguna palabra en rumano, pero es natural que el rumano coparticipe en mis textos, porque ha crecido en mi mirada. Está en mi cabeza igual que el alemán. Tengo varias imágenes de una misma cosa debido a que el idioma rumano las ve de otra manera, y con esa imagen trabajo. Y puesto que quizás la imagen rumana esté más cerca de mí, trabajo más con la imagen rumana en mi cabeza, aunque escriba en alemán. Por tanto, lo uno no excluye a lo otro. De modo que tampoco puedo decir qué es rumano y qué alemán. Y que así sea es una suerte para un escritor, lo mejor que puede pasarle. Por supuesto, sólo me refiero a la lengua nacional; no al lenguaje estatal, que es estéril, estúpido, repelente, nauseabundo en toda la extensión de la palabra. Algo que sólo puedes odiar, que se te pega como un chicle frío; insoportable. Algo que odias al extremo de no poder oírlo sin enfurecerte. Lenguaje de reunión, lenguaje de periódico, lenguaje de televisión, de dircursos. Eso lo conocen ustedes también en Cuba. Castro habla más tiempo que Ceaucescu. Ceaucescu pronunciaba un discurso cada dos días, y sus decretos aparecían constantemente en la prensa. Yo siempre los leía, pues quería saber qué había vuelto a hacer. Siempre era algo que iba contra la vida y uno debía leerlo para enterarse. Muchos amigos me confesaban que ya no podían. Yo les respondía sí, sí, pero por eso ignoras lo que acaba de hacer esta vez. Ese lenguaje era insoportable, repulsivo. Y así eran también los funcionarios que hablaban esa jerga en la fábrica. Las constantes reuniones eran horribles, casi inaguantables. En cambio, el idioma nacional era la lengua que llevabas dentro, intrínseca, aquella poesía, toda aquella superstición. He hecho ya el intento de separar ambas cosas, pero no siempre es posible. Naturalmente, el lenguaje estatal infecta el idioma, y cuanto más dura una dictadura, tanto más lo infecta. Sin embargo, no logra hacerlo del todo. Siempre queda una parte incólume. Y eso nunca ha dejado de interesarme.
De la misma manera que usted ha criticado el mundo totalitario, ha realizado también una gran crítica a "lo suabo", la comunidad rumana de habla alemana de la que usted procede. Esa crítica, y muchas veces la caricatura que hay en ellas, pudiera entenderse como algo más amplio, una reflexión sobre el ser humano en general, su devenir animal?
Provincianismo o etnocentrismo, nacionalismo o fascismo, son fenómenos que no se encuentran sólo en ese ambiente. Numerosísimas personas pertenecientes a la minoría alemana, ciudadanos rumanos al fin y al cabo, ingresaron voluntariamente en las SS de Hitler o en la Wehrmacht (Fuerzas Armadas alemanas) en calidad de alemanes étnicos. Más tarde aparecieron los estalinistas en el seno de esa misma minoría. Cada vez que se iniciaba una nueva época, encontraba oportunistas dispuestos a secundarla. Hay suficiente personal para cada dictadura. A fin de cuentas, ninguna dictadura fracasa por ausencia de personal. Este abunda siempre, tanto el que compran como el que se ofrece gratis o por convicción. Ora a cambio de privilegios, ora por idiotez o azar. Así sucedió también con la minoría suaba. Y naturalmente, hay también cualidades típicamente suabas que, creía yo, afectaban sólo a esa minoría, porque vivía muy aislada, como en la pequeña aldea de donde provengo. Las estructuras de la gran familia eran muy sólidas, o sea, tres generaciones conviviendo bajo un mismo techo. En los 300 años de asentamiento suabo en Rumanía apenas se habían registrado cambios. Los trajes seguían siendo iguales; se cantaban las mismas canciones, se celebraban las mismas fiestas tradicionales y se efectuaban los mismos rituales. Todo lo cual resultaba un poco raro. Tras abandonar la aldea y mudarme a la ciudad, solía preguntarme de dónde era realmente. A los ojos de los moradores de mi aldea, todos los demás eran malos. Los húngaros eran irascibles; los rumanos, cochambrosos. Uno sabía siempre cómo eran los otros: todos chabacanos. Sólo nosotros éramos buenos, pulcros, hacendosos, ordenados. Al dejar atrás la aldea y hacerme adulta, todo aquello se me antojaba como un tiempo detenido, y en efecto, lo era. De ahí surgió también el odio a la ciudad. Cuando estaba en ella, te estabas echando a perder. En la aldea se hablaba en dialecto y en la ciudad, alto [castizo] alemán. En la aldea el alto alemán se llamaba "señorial", y señorial implica que eres un señor. Lo cual era malo. Se debía hablar sólo en dialecto. Creo que fenómenos similares se observan también en otros lugares, otros países, quizás también en entornos rurales. Dondequiera que habiten grupos aislados se dan siempre los mismos fenómenos. El provincianismo es siempre similar, y Thomas Bernhard ha descrito mejor que nadie el fenómeno entre los suabos. Siempre es malo el provincianismo, pero creo que el peor de todos es aquel que le choca a uno mismo, en el que está atrapado y debe permanecer prisionero. Mi madre siempre ha contado con que yo siga siendo tal como ella me educó. Para ella fue una catástrofe que yo marchase a la ciudad y después, a mi regreso, fuese diferente. Olía distinto, había dejado se der en casa su pequeña niña, su hija aldeana; hablaba de otra forma. Eso la horrorizaba. Hasta que se percató de que ya era demasiado tarde, que ya no había vuelta atrás. Entonces dejó que las cosas siguieran su curso... Los rumanos tenían también su provincianismo, pero éste no era agresivo conmigo, ya que nosotros no teníamos nada que ver con las otras aldeas del pais. Ahora, cuando leo sobre un pueblecito en Anatolia o en el sur de España, constanto que se trata más o menos de lo mismo, aunque los lugares sean diferentes.
En el prólogo a Children of Ceausescu, el libro de fotos de Kent Klich sobre niños enfermos de sida en la antigua Rumanía, usted hablaba de la «rutina destructiva de la ideología». Pudiera ser más precisa? Qué significa exactamente la palabra "rutina" en un mundo dominado y/o asfixiado por lo ideológico?
La ideología es sólo rutina. No puede permitir nada espontáneo, porque entonces surge algo incalculable. Es un lenguaje de latón, estampado o como hecho a torno y armado con piezas prefabricadas. En el lenguaje corriente se dice que un cliché es cuando sale justo lo que se esperaba. Y pudieramos decir que la rutina de la ideología es el cliché único; hay solamente lo prefabricado y siempre aquello que se ajusta a lo otro; un adjetivo fijo para cada sustantivo, los demás están estrictamente prohibidos. En el fondo, la frase debe sonar siempre hueca, no decir nada. Habiéndolo observado durante décadas, notas también cuáles palabras han sido retiradas de circulación, y la manera en que se añaden otras. Las correcciones son mínimas y siempre relacionadas con la ideología. Los cambios de material léxico han de pasar inadvertidos. En realidad, todo es rutina, puesto que la vida entera es rutina. En la vida cotidiana tampoco te permiten hacer nada que no esté previsto, programado. No en balde el plan es el cartel de la dictadura. ¿Y qué otra cosa significa la palabra plan que no sea rutina, conducta prevista, programada, fuera de la cual nada debe suceder? Eso se llama rutina, y es letal para el raciocinio. Borrar, suprimir el pensamiento es lo que se quiere. He ahí la intención de fondo. Para cada cosa hay de antemano algo ya establecido. No hace falta que tú formules, que comprendas. Todo está ahí, disponible. Debes usarlo, se controla que tú te limites a aplicarlo. Por el amor de Dios, no se te ocurra pensar por tu cuenta. Ésa es la peor falta. Todo lo que has de hacer es tomar lo que ya ha sido previamente hecho y aplicarlo al pie de la letra. Luego echan un vistazo a ver si te has portado bien, y listo. Eso se llama rutina, idiotización.
En sus dos libros sobre la ex-Yugoeslavia, aunque también en un texto reciente publicado en la revista Literaturen, Peter Handke habla de que más allá de los errores que se cometieron, un político como Milosevic merece el respeto mundial por haber intentado, al igual que Tito, rehacer "La gran Serbia", uno de los imperios más antiguos del este europeo. Usted, que viene de una zona con conflictos similares y vivió treinta años bajo la presión de "los delirios del comunismo", qué opinión le merecen estos ensayos-prosas de Handke?
A Handke lo considero políticamente incompetente y un ególatra. En Handke el egoísmo va tan lejos que casi tendría que existir una Gran Serbia para que él no tuviera que meditar más acerca de su biografía. Habría que garantizárselo, lo cual es realmente abstruso. Por cierto, es catastrófico que se exprese tanto. Tuvo suerte al no tener que conocer "la política" por haber vivido siempre en una democracia. Aun así, debería entender también que no es lo mismo y que él navegó con suerte. Pero no le interesa hacerlo, y de ahí que no le preocupe en absoluto el hecho de que Yugoslavia no haya sido tan grandiosa para todos, de que muchos se sentían maltratados por Yugoslavia y, por eso, querían salir de ella. Con la Unión Soviética tampoco era diferente. ¿Por qué se desintegraron esos constructos artificiales? Porque la gente quería salir de ellos lo más rápido posible, puesto que se sentían coartados. Y eso Handke no lo comprende. Y naturalmente, persiste en esa actitud. Cuando uno se ha equivocado una vez, pero es terco como él, nunca admitirá haberse comportado mal. Y para no tener que admitirlo, piensa que si se equivoca diez veces, tal vez acabe teniendo la razón. Por eso, es cada vez vez más insistente. Y por esa misma razón su insistencia es cada vez más inmoral. Pues una cosa es afirmar que Yugoslavia es para él un país mental y le habría gustado conservarlo; y otra, visitar a Milosevic en la prisión, mostrar su apoyo a un genocida. Eso es algo más que mal gusto. Es realmente trágico que un intelectual termine así y se le reduzcan tanto las entendederas. Se ha hecho totalmente insoportable, y esa etiqueta se le quedará pegada. Cada vez que se digan cuatro o cinco cosas sobre Handke, no faltará ese detalle, porque es incomprensible que alguien piense tan erróneamente.
Sus libros de poemas, Der Wächter nimmt seinen Kamm y Die blassen Herren mit den Mokkatassen, son una mezcla de collages y escenas surreales atravesados por algo que usted en sus novelas y ensayos ha sabido trabajar muy bien: su propia percepción irónica. ¿Estaría usted de acuerdo en que estos dos libros sean leídos como una pregunta por los límites de la literatura; de su propia literatura?
Empecé con el collage por motivos completamente banales. Viajaba mucho y en vez de escribir tarjetas postales, me compré estas fichas y después de leer el periódico en el tren, recortaba un par de palabras y además pegaba una foto en el anverso. En el reverso escribía algo y luego ponía la tarjeta en un sobre. Así empezó todo. En algún momento me dio por hacerlo también en casa y empecé a recortar palabras para mí misma. Me había percatado de lo interesante que era y de lo que las palabras aisladas son capaces de hacer. Como las palabras recortadas se iban acumulando sobre una gran mesa y me daba pena botarlas, compré un armario y empecé a engavetarlas para que no se llenaran de polvo. Alguna vez las ordené alfabéticamente, y así hice hasta que conseguí un atelier. En principio no es algo muy distinto a escribir. Tienes esas palabras, compones un texto con ellas y añades la imagen, que es parte del juego. Eso es lo hermoso de la gente que, por ejemplo, hace cine: pueden trabajar todas las dimensiones a la vez. Tienen una foto, un sonido y, por lo general, un trasfondo. Siempre he pensado que en la literatura es una desgracia que todas las palabras haya que colocarlas obligatoriamente una detrás de otra. No es posible proceder de forma simultánea, lo cual es como caminar con muletas. Todo tiene que estar en fila, en orden longitudinal. En cambio, cualquier cosa que hagamos en la vida real, aparece superpuesto y entreverado. Creo también que una parte enorme de todas las cosas que noto o me llaman la atención son visuales; percibo muchísimas cosas con los ojos. Incluso cuando estoy escribiendo un texto siempre tengo que haber visto de antemano las cosas.
El collage es también un desafío, debido a que el tamaño de la tarjeta es muy reducido y ahí ha de caber entera una historia, de lo contrario, no queda espacio disponible. Es como en la vida: lo que no cabe, no cabe, y uno no se puede permitir nada superfluo. Todo debe ser lo más corto posible. Así que, si un texto me sale demasiado largo, no queda otra que acortarlo para que entre en la tarjeta. Abreviar es a veces muy doloroso, ya que me fuerza a suprimir cosas y a decidir qué dejar. Pero aprendo muchísimo de esa experiencia. Sobre todo, que no poseemos ningún idioma propio; dependemos siempre de la lengua de los otros, los que no escriben. A fin de cuentas, no recorto textos literarios, sino periódicos y revistas ilustradas que nada tienen que ver con la literatura. Sólo mediante este ensamblaje de lo cotidiano surge lo extraordinario. Es bueno también para la modestia; haciéndolo, no se vuelve uno presumido. Por eso nunca seré uno de esos grandes escritores, como Handke. Nunca dejaré de reflexionar al extremo de creer que deban existir imperios enteros sólo para que yo no tenga que revisar mi biografía o cambiar de idea acerca de mi madre.
¿Representa la literatura para usted, al igual que para Brecht, una de las formas privadas de la utopía?
La literatura no es una utopía. La utopía es algo que uno se imagina y aún no existe, no ha sucedido. Uno quiere que pase: un deseo, un sueño. Menos que menos me gusta el concepto de utopía feliz. Las mayoría de las veces, cuando las utopías se tornan reales, son horribles. Stalin, Hitler, Ceaucescu, todos ellos perseguían utopías; Castro aún persigue la suya. Cuando alguno empieza a soñar y luego traslada su sueño del papel a la realidad, siempre destruye a seres humanos. Yo no quiero tener nada más que ver con utopías. Lo dicho, creo que la literatura no es ninguna utopía, sino parte integrante de la sociedad, obra de las personas. Hasta se la puede tomar con las manos, es un producto. Un producto también puede ser algo malo, pero es preferible que la literatura sea un producto, un producto de la fantasía, y no una utopía. La fantasía es algo muy distinto a la utopía. La fantasía está contra la utopía, pues la utopía es muy propensa a los totalitarismos. Tan pronto pretende hacerse realidad se vuelve rígida. Por fuerza debe restringirse a una sola variante. Y a partir de ahí aplicarle a la realidad aquello que tal vez sobre el papel aún no ha podido ser del todo explicado o resultaba ambivalente. Creo que no hay nada peor ni más temerario que la realidad transformada en utopía. ¡Terrible! De ahí las dictaduras.
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