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Z. ACIDO BORICO
2008-11-01 Alvaro Hernández
El ego como virtud
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Es curiosa la forma en las que se construyen las geografías personales. La forma en que uno se apropia de un lugar y lo vuelve territorio recurrente de la memoria, de los afectos, de las ideas. Es curioso porque para fijar las coordenadas de ese espacio apropiado se requiere tener cierta perspectiva. Salir de la zona de confort, ubicarse en un punto lejano y contrastar. Hacer de lo absoluto conocido un relativo imaginado. Hace falta, pues, hacer las maletas. Tomar un avión. Cruzar una frontera. Balbucear palabras en un idioma que se desconoce. Perderse en las calles de una ciudad. Sentirse ajeno, extraño y hasta indeseable.
He pasado por todo eso antes. Pero por alguna extraña razón, ha sido hasta ahora, que habito una ciudad cuyo origen e idiosincracia pareciera no distar mucho de la mía, que me reconozco venturosamente atado a ese pedazo de tierra que es Puebla.
Hace varias semanas sopesé la posibilidad de retomar esta columna. ¿Por qué no escribir desde Buenos Aires pensando en Puebla? Lo pensé y me negué. Luego lo volví a pensar.
Hablar o escribir sobre Puebla desde esta región del mundo no es tarea fácil. Buenos Aires es una ciudad demasiado centrada en sí misma. Una ciudad que te recuerda a cada paso que estás aquí. Que no importa de dónde vengas es éste y no otro, el centro del mundo. Como entender si no, la magnitud de la oferta cultural para una ciudad que apenas rebasa los dos millones y medio de habitantes. O el peso que tiene la industria turística en la capital de este país, donde elementos tan cotidianos como el tango, el cafecito porteño, el clásico Boca-River o el asado, se venden al exterior como productos o servicios que además de generar una derrama económica importante, contribuyen además a afianzar la identidad de sus habitantes.
No se requiere vivir mucho tiempo en esta ciudad para entender que el ego de los argentinos está justificado con creces. Basta con asomarse a la excentricidad de una avenida como la Nueve de Julio o de una calle como Corrientes; o mirar con ojo crítico la proliferación de actores, escritores o grupos de rock que a contrapelo de los apologistas del mundo globalizado, apuestan por lo local y se la "bancan" solo con sus presentaciones en la capital y en el interior del país. Y sin embargo, en esta misma capital se presentara próximamente Madonna en el estadio de River, y apenas hace unos días Luis Miguel, anunció que abrirá una cuarta fecha en el estadio de Vélez Sarsfield.
Buenos Aires, con todos los defectos que pueda tener, se apunta en la lista de ciudades cosmopolitas, pero con identidad propia, en donde pareciera que hay lugar para todos.
En este punto, la comparación es inevitable.
Y es que Puebla, como ciudad, tiene todos los elementos para colocarse en ese prestigioso rankig.
Últimamente, ha tomado fuerza cierto discurso que reniega de lo local. Como si pensar hacia adentro fuera pensar menos y pensar además mal. Buenos Aires es un ejemplo de lo contrario. De cómo imponer lo local al mundo. De cómo presentarse ante los demás sin esconder el origen. De cómo hacer del ego y la autoestima una virtud. De cómo hacer de la aldea un lugar donde quepamos todos.
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