Con la tragedia de Haití el dicho "Dios aprieta pero no ahorca" ahora más que nunca me indica que algunos refranes entrañan más ingenuidad que sabiduría.
Y para apaciguar un poco al ciempiés que aterrizó sus cienpatas en mi cráneo después de leer los pormenores de la catástrofe acaecida en el país más pobre de América -y eso ya de por sí es hiperbólico -, recurro catárticamente a la máquina de tiempo de mi memoria y que me traslade 25 años atrás: al temblor del 85, un diecinueve de septiembre.
Un día antes había sido mi cumpleaños. En ese tiempo no había mejor regalo para mí que ir al cine. Así que mis padres, cumpliendo con los deseos cumpleañísticos de su primogénito, me llevaron a los cines en ese entonces llamados Frontera, enclavados en la colonia Roma.
Creo que la película fue la segunda parte de Indiana Jones. Función de las ocho y salimos a la diez. Nueve horas y media después y de los cines sólo quedaron escombros. Si el temblor hubiera sido nueve y media hora antes ustedes no estarían leyendo estas líneas.
Se valen pensamientos de humor negro.
En fin, la mañana del diecinueve me estaba poniendo los calcetines para ir a la escuela cuando mi cuarto se empezó a mover como si fuera sacudido por la mano de un gigante crudo y los muñecos del Jedi de la repisa de mi cuarto comenzaron a bailar y algunos de ellos -entre estos Chewbacca y "Arturito"- se arrojaban en misión suicida al suelo.
Los gritos de mis hermanas, los de mi madre y el austríaco sale de su cuarto en trusa, en pánico total, el austríaco que provenía de tierras no sísmicas y el temblor como un aciago déjà vu: el movimiento de tierra pero éste producido por los bombardeos de las tropas aliadas en su natal Graz cuando era niño.
Y mi madre con el clásico mito de pónganse debajo del marco de la puerta y todos obedecemos, sintiendo el marco de la puerta como un aura protector en el cual rebotarían los bloques de concreto en caso de derrumbe. Mi madre rezándole a dios y a todo su séquito de que por favor se apiadara de nosotros e incluso el austríaco que era ateo como que también rezaba, en trusa; y en la calle la gente corriendo -una vecina en pelotas- y las casas como si fueran de gelatina y los postes de luz balanceándose como mástiles de un barco en plena tempestad y los cables chocando y sacando chipas encima de nuestra cabezas y los crujidos de las entrañas de la tierra y los coches estacionados moviéndose como si adentro de ellos estuvieran copulando una pareja de adolescentes.
Minutos que fueron horas. La sensación de que el temblor seguiría hasta no dejar nada de pie, de que la tierra en cualquier momento se abriría y nos devoraría. La sensación de no ser más que un insecto.
Por fin la mano del gigante crudo se detuvo. Y la gente entró a sus casas, que seguían milagrosamente de pie, y en la nuestra los ecos del temblor en los jarrones hechos añicos, y las lámparas del techo y las puertas todavía meciéndose como en película de mansión embrujada.
Sí, uno es cruel e inconsciente de niño, porque cuando la directora de la escuela nos anunció desde la entrada principal que no iba a haber clases mis hermanas y yo no pudimos evitar cierto júbilo. Y eso que aún ignorábamos que los edificios de la escuela habían resultado dañados y que íbamos a tener un mes de vacaciones.
Y luego llegó el tiro de gracia: otro temblor la noche del 20.
Ese día mi madre se puso muy molesta con mis hermanas y conmigo por nuestra emoción ante la suspensión de clases y aplicando castigo típico de madre inquisitorial, por ahí de las siete dijo que iba ir a comprar víveres a la tienda y cerró el zaguán con candado dejándonos a solas con la sirvienta. Encerrados. No había luz y por ende no televisión. Sólo unas veladoras que ardían y le daban a la casa un aspecto fantasmal.
Era viernes en la noche y desde el segundo piso de la casa, el cual estaba separado de la planta baja y fungía como la empacadora de carnes frías de mi padre y al cual se accesaba por una pequeña puerta a un lado del zaguán principal, se escuchaban vociferaciones y carcajadas y alguno que otro canto: eran el austríaco, tío Gottfried y otros camaradas de mi padre que tertuliaban viernísticamente.
Y otra vez una sacudida, y un oscilamiento de piso, y un crujir de tierra y de madera y una vajilla haciéndose añicos contra el suelo y nosotros sin poder salir porque mi santa madre nos dejó encerrados. Y a la sirvienta, a mis hermanas y a mí no nos quedó otra que seguir la costumbre materna: rezar.
Justo cuando se acabó el telúrico calvario llegó mi madre corriendo con las bolsas del mandado en las manos y el jesús en la boca, cerciorándose de que estábamos completos, abrazándonos y llorando por habernos encerrado.
De pronto que baja el austríaco, ya tambaleante, con esos ojos incendiados por el vino tinto.
Y rascándose la cabeza nos dijo: Hace rato me sentí muy mareado. Creo que ese vino me cayó mal.




