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Leopoldo García Castellanos
El Panóptico
Itinerante observador condenado a la deriva de lo humano.
Sólo para los eternos insatisfechos...
por Leopoldo García Castellanos
Ciudad Cultura, México
En la navidad de 2004, el mundo despertó asombrado por la noticia de un tsunami en el océano índico, que cobró más de 200,000 víctimas mortales y dejó alrededor de dos millones de damnificados en algunos de los países más pobres del mundo. La cooperación internacional se volcó en auxilio y los medios nos mostraban las consecuencias de la tragedia casi en tiempo real. Nuestros televisores fueron inundados por historias descritas como “de interés humano” que, en un tono sentimentalista, se entrelazaban con el espíritu navideño y nos inspiraban una compasión enorme, e incluso cierto grado de culpa. Pero en algún momento, su relevancia mediática y su urgencia humanitaria se dieron por concluidas, ¿Quién recuerda ahora, pasado apenas un lustro, aquella hecatombe? -Todos. Los que cobramos conciencia de su magnitud sabemos que sería un deplorable acto permitirse olvidar algo así, pero nuestro recuerdo no va más allá de su aspecto anecdótico. Sólo quienes la sufrieron la tienen presente hoy en día.
¿Quién recordará el desastre de Haití en cinco años?
No cabe duda de que el terremoto de Haití ha sido una de las peores tragedias de la historia reciente. Los estragos causados se han magnificado por las condiciones de subdesarrollo imperantes en la parte oeste de la isla, pues antes de ser sorprendido por el desastre natural, el desastre social, político y económico eran ya una realidad. El destrozado país se ha visto invadido por las hordas de periodistas que -cámara al hombro y teléfono satelital en mano- nos transmiten aquellas mismas historias de “interés humano”, plagadas de sentimentalismo. Nos muestran los signos de la solidaridad internacional desafiando a los caprichos de este agitado planeta y reafirmándose como humanidad en el mejor de los significados posibles. Parece grato a veces enfrentar una de esas raras tragedias en las cuales no somos ni causa ni responsables nosotros mismos. La tragedia es omnipresente en Port-au-Prince y también lo es en nuestros televisores.
El despliegue tecnológico y humano de los diferentes medios (televisoras, prensa escrita, radio y agencias de noticias) parece excesivo; especialmente en el caso de las televisoras. Y sí, se puede ser excesivo aún frente a una tragedia tan grande. Dejando a un lado el hecho de que semejante despliegue requiere del desvío de recursos materiales para mantener a dichos periodistas (y que éstos no viven como las víctimas, en medio de la zona destruida, sino que intentan mantener un nivel de comodidad lo más cercano posible al que dejaron en sus países de origen, ya que muchos no son conscientes, ni capaces de asumir el papel de corresponsal maltratado en una zona de desastre y a todas luces peligrosa). Recursos que bien podrían estar enfocados en aliviar a los afectados. Pero esto no es más que enfatizar lo evidente. Su trabajo es informar, y lo cumplen. Es admirable renunciar al entorno cotidiano para internarse en un país destrozado y exponerse a situaciones sin duda desagradables. Pero, salvo contados casos, su capacidad de empatía es poca. Muchos intentan equipararse a las víctimas al estar situados en el mismo entorno y cobran un grado de protagonismo bastante alto. Transmiten las sensaciones que experimentan en tan deplorables condiciones. Avalados por las impactantes escenas, se convierten en sujetos de la tragedia y condenan al espectador a la incomprensión e ignorancia de las víctimas reales, de cuya experiencia nos dicen poco o nada; aquéllas que no volverán a sus casas en un par de semanas cuando esto deje de ser noticia. La objetividad también parece estar de paseo. Casi todos los reportajes vienen coloreados de un rosado sentimentalismo. Mueve más corazones la niña que se salvó inexplicablemente (“milagrosamente” para usar la jerga sentimentalista), que la montaña de cadáveres que se apiñan pudriéndose en alguna esquina. Y, por supuesto, es una imagen inofensiva para la sensibilidad del espectador, que llega incluso a proporcionarle cierto grado de alivio. Cuando se llegan a mostrar las imágenes fuertes, éstas son acompañadas por cierto morbo en su tratamiento, y suavizadas por multitud de eufemismos que disfrazan su crudeza. Pareciera que la televisión se ha resignado a ser solamente entretenimiento y temiera incomodar a quien la mira. Pocos o ninguno son los que asumen la terrible verdad y la acompañan con un comentario digno, que asegure en la memoria la inconmensurable gravedad de lo sucedido.
Últimamente, las películas de desastres naturales o apocalípticas parecen estar de moda, convirtiéndose en grandes éxitos de taquilla. La televisión no es ajena a esta tendencia y ha encontrado en estas tragedias un medio de lucro, no importa si suceden en L’Aquila o en Port-au-Prince, aunque las circunstancias sean distintas, el tratamiento es el mismo: un panorama de destrucción digno de Hollywood sin tener que pagar los efectos especiales. Los medios han convertido lo trágico en espectacular.
Cabe también preguntarse ¿Por qué el ejército de E.U., que tan ineficiente se ha mostrado en los desastres naturales ocurridos en su propio suelo, como el huracán Katrina, cuya tardía y torpe respuesta levantó tantas críticas en su momento, se ha convertido en líder y planificador de la ayuda internacional? Espero que la respuesta sea solamente su natural arrogancia. El esfuerzo humanitario y caritativo es loable y heroico. Sería una locura por mi parte emitir la más mínima crítica en contra de esta noble causa, por mas ineficiente que sea su administración.
Mantengamos la esperanza de que no se esté gestando ninguna infamia militar, como muchos quieren sospechar; sería un acto de tan despreciable naturaleza, que no creo siquiera al imperio capaz de perpetrarlo, a pesar de haber estado detrás del golpe de estado de 2004 o de haber respaldado los sanguinarios regimenes de Papa Doc y Nene Doc (Duvalier padre y Duvalier hijo). Es decir, el mismo país que apoyó los acontecimientos sociopolíticos que han hundido a Haití en la pobreza durante el último medio siglo, se autoproclama ahora en el remedio para la tragedia. No cabe duda que la historia es pródiga en ironía.
Ya Estados Unidos invadió Haití en el pasado, llegó en 1915 y se quedo 19 años. Se fue sólo tras haber cobrado las deudas que tenia la isla con el City Bank y derogado la ley que prohibía vender plantaciones a extranjeros. Entre los argumentos que justificaban la invasión en aquel entonces primaba el racismo: Los negros eran incapaces de conservar la civilización que les había dejado Francia por su inherente tendencia al salvajismo. En aquel entonces tío Sam reprendió a su sobrino por no poder gobernarse solo, hoy lo visita, para ayudarlo, pero lo más probable es que a sus ojos tampoco sea capaz de reconstruirse por sí mismo y tenga planeada una larga estadía.
La dignidad está herida. Ha sido pisoteada por soldados y regimenes militares. Ha sido estrangulada por el FMI y los mercados predatorios. Ha sido ignorada, no sólo por las grandes potencias, sino también por sus pueblos hermanos que la han negado sistemáticamente. La que quedaba, ha sido estremecida y sepultada por la desgracia. L’Union fait la force reza el lema de su bandera y a pesar de ello ha vivido dos siglos condenado a la soledad y la indiferencia. ¿Vamos a abandonarlos nuevamente a los caprichos de la injusticia? ¿Dejaremos que las desoladoras imágenes que se nos muestran se diluyan en la memoria?
¿Quién recordará el desastre de Haití en cinco años?
La niña que se arrastra bajo los escombros, obligándose a sobrevivir, seguramente no lo olvidará nunca. Pero dudo que nosotros mantengamos la más mínima conciencia sobre su futuro un par de minutos después de haber apagado el televisor.
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Para leer más:
Periodistas... ¿o niños de papá?
Jacobo G. García
Perdonen pero, en Haití, ¿quién sufre más? ¿Los periodistas o la población?
Carlos Salas
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Where black is the color and none is the number
Luna Roi
http://andthereisnotimetothink.blogspot.com/2010/01/where-black-is-color-and-none-is-number.html
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