Escríbele al autor...

Kid Mandrágora

Historias Desaforadas

Asentado en Islas Mandrápagos, mientras escribe goza del buen tabaco, el bourbon, el aguachile de camarón y las pelirrojas.

Sólo para los eternos insatisfechos...

dfdfhttp://www.ciudadcultura.com.mx/

Por Kid Mandrágora

Ciudad Cultura, México

Lo que a continuación relataré es quizá la enseñanza más importante para cualquiera que haya usado un vestido.


Nacido en el lejano país del norte, Eleazar Gasponte, era el quinto hermano de una familia de migrantes mexicanos que fueron a probar suerte en las armadoras de autos del país vecino. Su padre Porfirio Gasponte, pertenecía a la más conservadora de las alas religiosas. Tan alto estaban en la jerarquía religiosa, que un hermano del señor Porfirio Gasponte, llegó a ser Cardenal.


Imaginen ustedes, amigues mies, la presión que sobre el niño Eleazar había en términos morales en ese contexto familiar. Pero eso no era nada, lo peor estaba por llegar en las brumas del futuro:


A los 6 años, Eleazar, a quien a partir de ahora llamaremos ELE, se fue a dormir a casa de sus primas adolescentes. Era un niño hermoso y todos querían jalarle los cachetes o sacarlo a pasear. Durante la noche, L sintió la vejiga inflamada y se orinó encima. Cuando su tía por la mañana fue a ver cómo había amanecido el retoño de su hermano, lo encontró retozando entre sus infantiles meos.


Desprovisto de ropa interior de repuesto, a su tía Conchita se le hizo fácil tomar una tanga del clóset de sus hijas y se la puso a L.


--Qué rico calzoncito –pensó L. y se sintió extrañamente distinte.


La Tía Conchita no prestó atención al cambio del niño Gasponte, el quinto de la dinastía.


Años más tarde, cuando ya el exceso de testosterona le arañaba en medio de las ingles, L notaba que sentía una indeterminada atracción por las mujeres y los hombres. Pero dentro de sí moría de ganas de ponerse aquel calzoncito juguetón y lucirlo por el mundo, y si podía ponerse unos guantes blancos y largos, y pintarse la boca del más rojo de los rojos, y usar los tacones altos de mamá.


Pero un soplido violento interrumpió su observación, era la fuerza del destino que adivinando su afeminamiento posterior le obligaba a pasar por el infierno de la escuela de Marina.


Para L. Los años como aprendiz de marino militar fueron los más aburridos de su vida. Unos pensarán en este punto que L. tenía a su alcance a todos los mancebos marineros novatos que quisiera para alocadas noches en el buque escuela a las tres de la mañana en alta mar. Pero no. L, sentía frustración por no poder vestirse como la mujer que era, y servirle el desayuno al almirante vestido de sirvienta elegante, con exagerados ligueros y zapatillas blancas.


En cambio, tenía que limpiar rifles, trapear la cubierta, marchar, dormir, nadar, todo lo opuesto a las lentejuelas, los peinados de crepé, con teñidos pelirrojos y unas lucecitas rubias. Aretes, cigarrera, Boooolsa.


Y fue así, ante esta revelación inmediata en una isla del Archipiélago tropical San Walterio, que L. carteras de sus compañeros en mano, escapó de la vigilancia estricta del almirante y descendió hacia su primera oportunidad de ser quien era, la excelsa damita del calzoncito rojo.


Años más tarde, de vuelta en Michigan, tras años de correrías que valdría no mencionar por ser casi lugares comunes, ya saben, lo de siempre, apuñalamientos, inyecciones, tratamientos capilares, ortodoncia, perfumes, licores, cigarros, lencería, y masturbación.


Sí, Amigues mies, L era virgen, aunque no lo crean. L. quería ser mujer no puta ni madre, mujer solamente. Pero llegó el día en que tomó una decisión trascendental y sucedió de esta manera:


Cierta ocasión, L volvía de dar una vuelta en el parque estrenando sus licras romanas doradas que mandó pedir por Internet.  Su rito de siempre era quitarse la ropa frente al espejo, sexy, observando su milagrosa transformación en mujer, estaba enamorada de sí misma, pero también comprendió otra cosa más importante: que era una mujer completa, total y verdadera, atrapada en el cuerpo de un atractivo homosexual.


Fue así que entendió que el homosexual y la mujer debían tener derecho al placer y decidió optar por acostarse con hombres. Al principio la experiencia fue traumante, porque no podía evitar sentirse incómoda ante la protuberancia elegante que le salía de su imaginada vagina, rebotando como los muslos de un hipopótamo encarrerado.


Pero con el tiempo, aprendió a convivir con ese detalle al que L. llamó el Factor Maldito. Gozando cada vez más del sexo, porque con cada hombre que devoraba como si mil hienas le arañaran el deseo, más mujer se sentía y eso era equivalente al paraíso más palpable. No podía decir que era feliz, porque cualquier ser humano inteligente sabría que el mundo es cruel, y para los diferentes, es fatal, y eso lo supo más tarde.


Si no he hablado más de los Gasponte es porque rechazaron a L, lo desheredaron, trataron de enviarlo al manicomio, a Oceanica o al Vaticano. Pero no tuvieron éxito ante la consistencia del sueño de L. Y fueron olvidados por L. y por nosotros.


Así llegó el día fatal que marcó el después de Cristo en su vida. Con todos sus ahorros, propinas y pequeños robos hormiga, había juntado el dinero suficiente para cumplir su anhelado deseo. Acompañar sus hermosos senos implantados con un recorte vaginal a la altura del escroto. Aquí las sirenas le llaman según recuerdo, la operación alemana.


En la clínica, L. asistió a una extraña premonición de la eternidad, justo en el momento aquel cuando la anestesia surtió efecto y cerró los ojos a la realidad para amanecer ante un mundo distinto, muchas horas más tarde, en el confort de una cama pagada en  hospital de primer mundo.


La recuperación fue lenta. Poco pudo pensar L, en su mujerez, los dolores eran impensables, el placer que antes le llenó el hueco apasionado de su corazón, ahora le masticaba las venas y los nervios con unos filosos dientes de iguana. Orinar para L, se convirtió en la hoguera donde expió sus pecados. Y severas dudas albergó de Dios en esos momentos de sangre y lágrimas. Hasta se dio el tiempo para comprender y perdonar a Juana de Arco.


Pero la vida da oportunidades nuevas y llegó el día en que L, ya casi sin dolores y autorizada por su médico, decidió explorar su cuerpo nuevo. Para la ocasión compró una hermosa tanga negra con finas incrustaciones de diamante y un estético consolador morado. En otros tiempos, L hubiera tenido que limpiar su semen de la alfombra con sólo ver aquella prenda acompañada de un falo de goma, pero ahora, ante el espejo desnuda, subiendo por sus muslos dorados y pulcros, la fina lencería de Doña Victoria Secrets, se sintió ridículo. Y aunque no podía negar que parecía una perfecta Valkiria o Amazona, en vez de un volcán entre las piernas sintió una pálida aparición de la niebla.


Nadie podía pensar que aquel factor maldito que le impedía ser mujer, ahora, mutilado de su cuerpo, le quitara las ganas de ser la mujer que siempre quiso liberar.


Atormentado, incapaz de sentir deseos carnales, adquirió una repugnancia inaudita ante el acto homosexual. Abandonó la casa de madera que alquilaba y dejó ahí toda su ropa de mujer.


L, quien ahora extraviado estaba, sin consuelo, pidió una luz de inspiración al cosmos. Y llegó. Justo frente a una tienda de tatuajes. L, entró con la determinación que hace tiempo había perdido y solicitó a la encargada:


-- Necesito un pene.

-- Te cuesta 1500 --contestó ella.


Así da inicio a la verdadera leyenda del Travesti tatuado, quien buscando a la mujer que llevaba dentro, mutilose el miembro y con ello su parte más femenina, dejándola abandonada ante un naufragio que colmó con un tatuaje con la forma de un pene erecto.


Hoy en día, L, casado y padre de tres hijos adoptados en Malasia, se hace llamar Benito Cárdenas Gráco y tiene un lucrativo negocio de imprenta para folletines cristianos, a 1000 unidades por 64.99, en papel couche del más barato…

Nosotroshttp://www.ciudadcultura.com.mx/nueva/nosotros/nosotros.html
Archivohttp://www.ciudadcultura.com.mx/nueva/archivo/archivo.html
Videohttp://www.ciudadcultura.com.mx/cctv/home.html
Galeríahttp://www.ciudadcultura.com.mx/nueva/cc10/pereyrogale10.html
Autoreshttp://www.ciudadcultura.com.mx/autores.php

www.ciudadcultura.com.mx